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Sociales y humanísticas Un foro sobre los temas, teorias y autores que tengan que ver con el hombre y la sociedad.
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Viejo 04-04-2009, 01:00 AM
Bernie Bernie no está en línea
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Fecha de Ingreso: Mar 2009
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Predeterminado Resumen de Dubet y Martuccelli: ¿En qué sociedad vivimos? :

Durante mucho tiempo el análisis de la sociedad se hizo en términos de clases sociales. Este concepto permitía explicar la estructura social, la estratificación, los modos de vida y conductas de los individuos. Pero además permitía analizar las relaciones de dominación entre los hombres.

En la actualidad la estratificación se desdibujó, y los principios de diferenciación se multiplicaron. La estratificación social no remite más de manera directa a una estructura de dominación. Sigue habiendo clases sociales, pero ya no pueden dar cuenta de la estructura de la sociedad, de los conflictos y de su unidad.

La clase social podía entenderse como una posición estructural, una condición individual a partir de un criterio económico: la actividad, o ubicación en el aparato productivo. (antes de la modernidad la clase estaba determinada por ley, por nacimiento) Pero también puede entenderse como una relación dinámica, es decir, una práctica colectiva, una autoconciencia colectiva.

Hoy se dificulta la aplicación del concepto de clase al análisis social, en tanto “las clases sociales que eran en su comienzo y en un solo y mismo movimiento lo que había que explicar y el principio de explicación, pierden esta capacidad en la medida en que se está en presencia de una complejización de la diferenciación social, de la difusión de ciertos modelos culturales, de la disminución del aislamiento social de ciertos grupos, y de la separación creciente de las dimensiones esenciales de la acción” (p. 96) De modo que, en el plano analítico, se produce un pasaje de las concepciones unidimensionales de la posición social hacia las concepciones multidimensionales.

El 87% de los franceses es asalariado y sus realidades son muy diversas como para englobarlas en el concepto homogeneizante de “proletariado”. La posición de clase ha dejado de ser analizada como determinada por el control de los medios de producción, y hacen falta nuevos criterios, pero su construcción es muy problemática.

Un primer intento de análisis multidimensional es el de Weber, que diferencia las clases (económicas, oportunidades que los individuos encuentran en el mercado) del status (relaciones de honor y prestigio) y de los partidos (asociaciones comunes que no son estrictamente de clase). Weber inspira a mucho sociologos hoy, porque el reconocimiento de una pluralidad de principios de clasificación de los individuos hace cada vez más problemático un análisis consistente de las relaciones sociales.

El punto principal es que los modelos de vida, o modos de consumo, ya no se corresponden directamente con una existencia de clase, con una determinada posición social. La caída de la clase obrera y de los campesinos como esferas singulares y “cerradas” produce un nivel cada vez mayor de homogeneidad social, en el cual se pierden los contornos de las fronteras de las clases sociales.

También se debilita profundamente el lazo entre las clases sociales y la acción colectiva, a partir de tres fuentes. “En primer lugar, la existencia de posiciones ambiguas en la estructura productiva o en las relaciones de mercado vuelve menos transparente la -legibilidad de clase- de las acciones colectivas. Luego, los criterios utilizados para definir las posiciones de clase ya no corresponden a aquellos que explican los procesos de formación de una clase. Finalmente, las acciones colectivas se expresan en otros lenguajes politicos que aquel de los intereses objetivos de clase. En los tres casos, la distancia entre la estructura social y la acción colectiva cuestiona la pertinencia misma de una visión de la sociedad en téminos de clases.”

El efecto general que esta realidad tiene en el plano teórico es la separación entre la dominación y la estratificación. El interés del análisis en términos de clase estaba dado porque articulaba las dos esferas, la de la estratificación (descriptiva) y la de la dominación (explicativa). Pero las clases ya no son “seres sociales totales”, sino que las posiciones sociales integran cada vez más criterios. “La separación entre los criterios de estratificación y de dominación social lleva a considerar al actor social como sometido a una pluralidad de esferas de influencia que no pueden ser superpuestas. Sobre todo, la conciencia de clase ya no tiene capacidad de unificar el conjunto heterogéneo de las dimensiones sociales.” (p.119) (esferas: Actividad productiva, modo de vida por el consumo e ingresos, orientación política)

A partir del fin de “los treinta gloriosos” (1945-1975), la producción se ha transformado, los servicios agrupan más del 70% de los empleos y hay una importante desindustrialización. Las ganancias por productividad industrial se encuentran transferidas al sector terciario con el fin de crear empleos.

En el terreno del empleo, comienza a haber inestabilidad y fragmentación laboral. Si el trabajo era la fuente de subjetividad en la modernidad, hoy encontramos que coexisten multiples indentidades en un mismo individuo. Si el trabajo permanece todavía como uno de los principales elementos de integración social, no sigue siendo verdaderamente una matriz de significaciones y de valores. El trabajo ya no está sostenido por la ética del trabajo.

Los mecanismos de integración social de “los treinta gloriosos” (circulo fondista virtuoso, demografía favorable, modernizacion cultural de los 60, liquidación del colonialismo, movilidad estructural) se han roto definitivamente con el surgimiento de una inmensa masa de excluidos. La capacidad de producir riquezas se mantiene, pero nuestra representación de la sociedad de deshace. Con la desocupación en masa, descubrimos la pobreza estructural que fue durante tanto tiempo nuestra ley común.

La cuestión social pasó entonces de los obreros en la fábrica a los jóvenes de los suburbios, de la explotación a la segregación, de las únicas desigualdades a las diferencias culturales. Pero los excluidos no logran hasta el momento constituir un actor colectivo.

Pobres, excluidos, suburbios, pueblo, clases populares… son conceptos utilizados indistintamente muchas veces, pero el uso de uno u otro implica una elección teórica, una postura analítica muy importante. La nocion de “clases populares” oculta la heterogeneidad de la realidad social contemporánea, en la cual existe una fuerte valorización de las relaciones y espacios privados, entre los cuales tienen lugar multiples fenómenos de microsegregación. El pueblo y la clase obrera han desaparecido, y a falta de una nueva conceptualizacion, todo “lo que está abajo” se ha vuelto invisible, innombrable. Las clases populares ya no tienen una singularidad sino que son la imagen negativa de la clase media, se definen por la distancia que las separa de las convenciones culturales y sociales de la clase media.

En esta situación, “cuanto menos los habitantes están definidos por el trabajo, más tratan de construir su autonomía frente a las ayudas socieales de las cuales dependen”. Es decir, que la subjetividad que arma el trabajo y los planes sociales como herramienta de intervención estatal (colonialismo interno) es un freno para las posibles creaciones autónomas por parte de los excluidos. Los excluidos están al margen de las relaciones de producción, el antagonismo no se da tanto entre posiciones al interior de la producción sino entre el interior mismo de la producción y su exterior. De manera que existen simultáneamente “una lucha de clases” y una “lucha de espacios”, en la cual los excluidos no forman ni un grupo delimitado ni un actor colectivo. “Son –un problema- y una apuesta política. Rechazados por unos, -colonizados- por otros, se aferran a la sociedad únicamente por intermedio de su identificación con los valores del consumo de cuyos restos se benefician. (la esfera de la producción y la de la reproducción están cada vez más desarticuladas).

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Dubet, Francois y Danilo Martuccelli: ¿En qué sociedad vivimos?, Buenos Aires,
Losada, 2000, cap. 6.
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